El duelo: aprender a vivir con la ausencia
El duelo es el proceso que atravesamos cuando una pérdida nos obliga a reorganizar nuestra vida interna. No se trata solo de echar de menos a alguien o algo, sino de reconstruir quiénes somos sin eso que ya no está.
Cada duelo es único porque cada vínculo lo es. No solo atravesamos duelos por personas, también por proyectos, etapas vitales, ideales, relaciones, incluso versiones de nosotros mismos. Por eso el duelo puede remover capas profundas de nuestra identidad y de nuestra historia emocional.
Desde una mirada relacional, el duelo no es una serie de etapas que haya que cumplir correctamente, sino un movimiento interno que implica:
- Dolor por la ausencia.
- Ambivalencia emocional (amor, rabia, culpa, añoranza).
- Confusión y desorientación.
- Necesidad de ser sostenidos por otros.
El duelo tiene su propio ritmo. A veces parece avanzar y otras se estanca o reaparece de forma inesperada. Cuando el entorno invalida el proceso (“ya deberías estar bien”, “tienes que ser fuerte”), el dolor puede quedar congelado y volverse más difícil de elaborar.
La depresión: cuando el vínculo con uno mismo se debilita
La depresión no es simplemente una tristeza más intensa o prolongada. Desde una perspectiva más profunda y menos centrada en los síntomas, puede entenderse como una ruptura del vínculo con uno mismo, con los demás y con la vida.
En la depresión:
- El mundo pierde sentido y color.
- El deseo se apaga.
- Aparece una sensación de vacío, bloqueo o desconexión emocional.
- La persona deja de sentirse valiosa o significativa.
Más que un problema de pensamientos negativos, la depresión suele estar relacionada con historias de carencia afectiva, pérdidas no elaboradas, vínculos inseguros o experiencias de desamparo emocional, muchas veces tempranas. Es como si, en algún momento, la persona hubiera aprendido que no puede apoyarse ni en los demás ni en sí misma.
La depresión no habla de debilidad ni de falta de esfuerzo. Habla de un agotamiento profundo, de una retirada emocional como forma de protección frente a un dolor que resulta difícil de sostener.
No todo dolor es patológico
Una mirada excesivamente centrada en eliminar síntomas puede llevarnos a patologizar experiencias humanas normales. No todo sufrimiento es depresión, ni todo dolor necesita ser corregido.
La pregunta no siempre es:
“¿Qué me pasa?” sino “¿Qué me está pasando en mi vida, en mis vínculos, en mi historia?”
Cuando el malestar se vuelve persistente, aislante o paralizante, la terapia puede ofrecer un espacio donde sentirse comprendido, no juzgado ni corregido.
El papel de la terapia
Desde nuestra perspectiva, la terapia no busca “quitar” emociones, sino:
- Darles sentido.
- Explorar su origen relacional.
- Reconstruir el vínculo con uno mismo.
- Acompañar procesos de pérdida y cambio.
Sentirse visto, escuchado y sostenido puede ser, en sí mismo, profundamente reparador.
Para cerrar
Tristeza, duelo y depresión no son enemigos que combatir, sino mensajes emocionales que hablan de lo que hemos perdido, de lo que necesitamos y de cómo nos vinculamos con nosotros mismos y con los demás.
Entenderlas desde una mirada más humana y menos correctiva nos permite no solo aliviar el sufrimiento, sino también crecer a partir de él.