Cuando lo vivido deja huella: cómo las experiencias traumáticas condicionan nuestra forma de estar en el mundo

Hay momentos en la vida en los que atravesamos experiencias traumáticas o estresantes que nos marcan profundamente. Algunos llegan de forma inesperada —un accidente, una pérdida, una ruptura, una enfermedad, una situación de violencia—, otros se acumulan lentamente a lo largo del tiempo: estrés sostenido, conflictos familiares, falta de seguridad emocional, abandono…

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A veces, estas vivencias no desaparecen cuando pasa el tiempo. Se quedan latentes en nuestro sistema de funcionamiento, aunque no nos demos cuenta a simple vista. Y es que el cuerpo y la mente tienen memoria.

¿Qué entendemos por “experiencia traumática” o estresante?

No siempre hace falta que ocurra algo “muy grave” para que una experiencia sea traumática. El trauma no está en el hecho en sí, sino en cómo lo vivimos y en el impacto que tiene sobre nuestro bienestar físico, emocional y relacional.

Cuando el sistema emocional no tiene recursos suficientes para procesar lo que ha pasado, y no obtuvimos la ayuda que necesitabamos en ese momento para procesar, se puede quedar “congelado”, como si parte de la experiencia no se hubiera terminado de cerrar.

Espacio de terapia de Galaia, Psicólogos en Torremolinos

¿Cómo puede manifestarse esto con el tiempo?

No siempre nos damos cuenta de que estamos funcionando o reaccionando en ciertos momentos desde una herida no resuelta. A veces, lo que aparece es:

  • Insomnio, pesadillas, hipervigilancia.

  • Irritabilidad, ansiedad, depresión o bloqueo emocional.

  • Recuerdos intrusivos o evitación de ciertos temas, lugares o personas.

  • Sensaciones físicas inexplicables, tensión constante.

  • Dificultad para confiar, para relacionarse o para sentirse seguro.

  • Sensación de estar “desconectado/a” de uno mismo o de los demás.

Estos síntomas pueden estar queriendo decirte que tu sistema emocional o físico se está sintiendo en peligro y está intentando protegerte, aunque sea de formas que no siempre resultan útiles o adaptaptativas en el momento presente.

El trauma no solo afecta al pensamiento

Una de las cosas más importantes que sabemos hoy es que las experiencias traumáticas no se almacenan solo en la memoria racional o verbal, sino también en el cuerpo, en las emociones y en el sistema nervioso. Por eso no basta con “entender” lo que pasó o “hablar de ello”: muchas veces, el cuerpo sigue reaccionando como si el peligro estuviera presente.

Por eso, un enfoque integrador que incluya lo emocional, lo corporal y lo relacional puede ser clave para sanar. Técnicas como la atención plena, la conexión con las sensaciones físicas, o terapias especializadas como EMDR, buscan justamente ayudar al cuerpo y a la mente a procesar e integrar lo vivido, de forma segura.

¿Qué puede ayudar en un proceso de sanación?

Cada persona necesita algo distinto, pero hay algunos elementos comunes que pueden ser valiosos en el camino:

  • Sentir que no estás sola/o: contar con una red de apoyo o con alguien que pueda escucharte desde el respeto y la empatía.

  • Habitar el cuerpo con más amabilidad: reconectar con tus sensaciones, tu respiración, tu descanso.

  • Nombrar lo que ocurrió: a tu ritmo, con tus palabras, sin presiones.

  • Explorar los recursos internos que ya tienes, aunque hayan estado dormidos.

  • Construir nuevas formas de estar contigo y con los demás, desde un lugar más seguro.

No se trata de “borrar” lo que ocurrió. Se trata de que esa experiencia deje de ocuparlo todo. De poder ubicarla en tu historia sin que defina tu presente o tu futuro.

Algunas reflexiones finales

El trauma no es una sentencia. Es una herida que, con el tiempo y el acompañamiento adecuado, puede ir cicatrizando. No desaparece mágicamente, pero puede dejar de doler tanto. Puede dejar de marcar el ritmo de tus días.

Sanar no siempre significa “volver a ser quien eras antes”, sino permitirte ser quien estás empezando a ser ahora, con más consciencia, cuidado y presencia.

Sanar es un proceso, no una exigencia

No existe una única forma correcta de atravesar una experiencia difícil. A veces sanar es avanzar, otras veces es simplemente poder descansar. Hay días de claridad y otros de confusión. Y todo eso está bien. Sanar no significa estar bien todo el tiempo, sino aprender a estar contigo misma/o incluso cuando no todo está bien. Es un camino que no siempre es lineal, pero en el que cada paso, por pequeño que parezca, cuenta.