El diálogo interno: del juicio constante al abrazo interior

En nuestro día a día, muchas veces llevamos un compañero invisible que no siempre nos hace la vida más fácil: nuestro diálogo interno. Es esa voz que nos habla en silencio, que critica, cuestiona, exige… o que, idealmente, nos acompaña, nos alienta y nos consuela. Pero esa transformación, de un discurso interno duro a uno compasivo, no sucede por azar: muchas personas lo han aprendido desde la infancia, y con terapia es cuando empiezan a reconstruir esa forma de hablarse a uno mismo.

Comparte este artículo:

¿De dónde viene esa voz crítica?

Nuestra “voz interna crítica” no nace simplemente para hacernos daño. De hecho, puede tener un origen adaptativo: en base a cómo fuimos educados, a las expectativas que recibimos de padres, maestros o la sociedad, podemos interiorizar mensajes muy exigentes. Esa voz nos decía, por ejemplo: “tienes que ser el mejor”, “no puedes fallar”, “tienes que demostrar quién eres”, “eres un vago”. Con el tiempo, se convierte en un diálogo automático: frente a un error, en lugar de un “está bien equivocarse”, aparece un “¿cómo he sido tan tonto?”, “otra vez estoy igual”, “no soy suficiente”, “tengo la culpa de todo”…

Psicólogas hablando sobre Terapias de tercera generación en Torremolinos

El coste emocional de la autocrítica

Cuando esa voz es muy fuerte o permanente, puede tener efectos negativos muy profundos:

  • Genera vergüenza: sentirse inadecuado o “menos que” por errores reales o imaginados.
  • Alimenta la ansiedad y la depresión, al mantener el foco en lo que “no está bien”.
  • Dificulta el autocuidado: si estás escuchando siempre que “no haces lo suficiente”, será más difícil permitirte descansar o reconfortarte.
  • Limita el crecimiento personal: la autocrítica constante puede paralizar la acción, porque los errores se vuelven amenazas más que aprendizajes.

¿Cómo puede evolucionar esa voz interna en terapia?

La evolución del diálogo interno no ocurre porque “aprendamos a pensar distinto”, sino porque empezamos a sanar la raíz emocional de aquello que dio forma a esa voz. En este enfoque, el crítico interno es entendido como un eco de experiencias pasadas que no pudieron integrarse adecuadamente. Muchas veces, esa voz reproduce mensajes que escuchamos —implícitos o explícitos— en momentos de vulnerabilidad: una mirada de desaprobación, una corrección humillante, un “deberías haberlo hecho mejor” cuando lo que necesitábamos era apoyo.

Durante el proceso terapéutico no intentamos discutir directamente con el crítico, ni convencerle de que cambie. Lo que hacemos es acceder a las memorias donde esa voz se originó: momentos en los que el sistema nervioso quedó atrapado en sensaciones de insuficiencia, miedo, vergüenza o exigencia para poco a poco poder trabajar con esas memorias y empezar a reacomodarlas. En este proceso progresivamente podremos sentir que esas creencias ya no viven como verdades absolutas, sino como experiencias antiguas que pudieron ser comprendidas desde una nueva perspectiva.

Y es ahí, en ese cambio profundo y no forzado, donde la voz interna puede empezar a transformarse.

Lo que antes sonaba duro, implacable o avergonzante, se vuelve más suave, más realista, más humano. No porque intentemos “callarlo”, sino porque el sistema ya no necesita protegerse a través de la crítica. La parte que criticaba se revela, muchas veces, como una parte que intentaba evitar el rechazo, el fracaso o el dolor. Y cuando esas heridas reciben procesamiento, cuando el cuerpo y la mente sienten que ya no están solos en esos recuerdos, el crítico se relaja.

En muchas personas, tras el proceso terapéutico, aparece una forma de diálogo interno completamente nueva: más cálida, más adulta, más compasiva. No es un discurso impuesto, sino una voz que surge de haber integrado experiencias, de haber sentido acompañamiento y seguridad interna. Lo que antes era un golpe, ahora puede convertirse en un abrazo. Donde antes había exigencia, aparece permiso. Y donde antes había miedo, emerge un sentido profundo de valor personal.

Reflexión final: abrazarse a uno mismo

Es fácil olvidar que merecemos amabilidad y compasión, especialmente si no nos enseñaron eso desde pequeños. Pero la buena noticia es que podemos reaprender cómo hablarnos. La terapia no solo nos ayuda a identificar los patrones críticos, sino también a cultivar una voz interna que nos consuele, nos guíe y nos impulse desde el cariño, no desde el castigo.

Así que hoy te invito a preguntarte: ¿qué te estás diciendo ahora mismo? ¿esa voz te abraza o te critica? Y si es crítica, ¿qué podría decirte una parte compasiva de ti, con ternura y confianza? Esa voz también merece escucharse.