Cambiar no es fallar
La vida es movimiento, y nosotros también lo somos. No sentimos igual a lo largo del tiempo. Cambian nuestras prioridades, nuestra forma de vincularnos, lo que nos duele y lo que nos ilusiona.
Aceptar la evolución interna implica asumir que podemos decepcionarnos, de los otros y de nosotros mismos. Que algo que antes tenía sentido puede dejar de tenerlo. Y que eso no invalida lo vivido ni nos convierte en personas incoherentes, sino en personas vivas.
El conflicto aparece cuando intentamos mantenernos fieles a una versión pasada de nosotros mismos por miedo a la incertidumbre. Cuando preferimos la seguridad de lo conocido antes que la honestidad de lo que sentimos ahora.
Las relaciones también evolucionan
Las relaciones no siempre crecen al mismo ritmo que nosotros. A veces evolucionan juntas, y otras veces se transforman o se desgastan. Cuando una relación se convierte en el “algo más grande” al que nos aferramos, puede resultar difícil escuchar que ya no sentimos lo mismo.
Sentir diferente no es traicionar. Reconocer límites no es egoísmo. Aceptar que algo ya no nos nutre no borra lo que fue.
Cuando no estamos conectados con nosotros mismos, solemos quedarnos en vínculos o dinámicas que ya no nos representan, por miedo a perder estabilidad. Pero esa estabilidad suele ser solo externa; por dentro, la desconexión sigue creciendo.
Uno mismo como recurso principal
Tomarnos a nosotros mismos como recurso principal no significa aislarnos ni rechazar lo externo. Significa aprender a escucharnos, a validar lo que sentimos y a permitirnos cambiar.
Cuando el punto de referencia está dentro, los caminos se vuelven más flexibles. Podemos ajustar decisiones, redefinir proyectos, soltar creencias o relaciones sin vivirlo como un derrumbe personal. Elegimos desde la coherencia interna y no desde el miedo a perder algo que creemos que nos sostiene.
Desde ahí, lo externo deja de ser una muleta y pasa a ser un acompañamiento.
Nosotros mismos: un lugar al que volver
Quizá no se trate de dejar de buscar sentido fuera, ni de renunciar a todo aquello que nos ha sostenido en algún momento. Tal vez se trate de recordar que nada externo puede ocupar de forma permanente el lugar del propio vínculo interno.
Cuando nos permitimos estar con nosotros mismos —escucharnos, cambiarnos, sentir diferente— dejamos de vivir desde la rigidez y empezamos a vivir desde la honestidad. Las decisiones ya no nacen del miedo a perder, sino del deseo de estar en consonancia con lo que somos ahora.
Volver a uno mismo no siempre es cómodo. A veces implica soltar certezas, atravesar decepciones o aceptar que hemos cambiado. Pero también es lo que nos permite caminar con mayor flexibilidad, elegir con menos culpa y vincularnos sin abandonarnos.
Porque al final, aquello que parecía más grande que nosotros quizá solo estaba señalando algo esencial: que también somos un lugar suficientemente amplio como para habitarnos.